Lecturas S3C

Alberdi, I. (1979) Historia y sociología del divorcio en España. Madrid, Centro de Investigaciones Sociológicas.

Signatura: CA/E66 201

La sociedad española, al igual que la historia que la caracteriza, ha sufrido una gran evolución con el paso de los años. En este caso, el tema del divorcio ha sido, durante mucho tiempo, un gran hándicap del que tanto el gobierno en funciones como la Iglesia han sido fieles protagonistas, y han mostrado una divergencia de opiniones entre ellos cuando, por situaciones histórico-políticas, había un gran distanciamiento y no caminaban conjuntamente. Hasta la Primera República todo el siglo XIX está marcado por la confesionalidad religiosa de los gobiernos que suceden, así, en 1851 se establece un acuerdo entre la Santa Sede y España que establece a la católica como única religión permitida en España, y por el que se consagran a la educación y a la familia, derechos de la Iglesia.

El intento de la Primera República, en el año 1875, de dar un carácter laico al estado, y acabar con el dominio de la Iglesia será en balde, pues la restauración borbónica instaura un período conservador  y moderado, liderado por Cánovas del Castillo que, a pesar de promover una  mayor libertad religiosa, no pudo vencer a la todopoderosa Iglesia. Durante esta etapa, el divorcio se consolida como una fuente de inmoralidad, vicio y decadencia familiar, que no serviría más que para ampliar la libertad de la mujer, algo que se consideró muy peligroso en la época. Los argumentos en contra del divorcio reflejan el desprecio por la condición de la mujer, que debía obedecer al marido, seguirle donde fijara su residencia y no podía ni comparecer en juicio ni ligitar sin licencia de su marido. En el Código Civil de 1889 aparece el divorcio como una mera separación, pues solo establecía la suspensión de la vida en común, y no se concedía fácilmente pues sólo se consideraban legítimas de divorcio el adulterio de la mujer y del marido, los malos tratos, la propuesta de prostitución del marido a la mujer, el intento de prostitución de las hijas y la condena del cónyuge a prisión.

Será bajo el mando de la Segunda República cuando se apruebe la Ley del Divorcio de 1932, por la que se contempla la posibilidad de separación matrimonial como la del divorcio, y permite un segundo matrimonio entre los cónyuges. Las causas del divorcio son más comprensibles y evidentes, regulándose también los efectos del divorcio en los hijos y la custodia de los mismos. A pesar de la aprobación de la ley, la “influencia” de la misma fue mayor en grandes ciudades con gran influencia de la urbanización e industrialización que en zonas rurales, donde persistían los valores morales tradicionales. Las causas de divorcio presentadas con mayor frecuencia son: el adulterio, la bigamia y la tentativa a la prostitución, entre otras. Sin embargo, este proceso se derrumbó cuando, después de la Guerra Civil (1936-1939), el gobierno franquita deroga la Ley del divorcio en el año 1939, declarando nulos los divorcios llevados a cabo y restableciendo el matrimonio católico y la posición de la mujer en la sociedad. A partir de este momento se vive una gran represión y un período de censura, por el cual, no se vuelven a tener noticias del divorcio, hasta que en la década de los 60 un grupo de periodistas se hace eco de los problemas familiares y sociales, promoviendo la posibilidad de divorcio entre los cónyuges. Es entonces cuando se sucederán una serie de acontecimientos que harán de España, una nación más liberal y progresista: La ley de libertad religiosa del año 67, la creación de una Asociación de Mujeres Separadas en el año 1973 o la apertura democrática y liberal que tiene lugar con las elecciones generales del año 1977.

Paralelamente a este avance, encontramos un cambio en la estructura social que tiene como desenlace la mayor importancia del papel de la mujer. Se da un cambio en la estructura familiar, una disminución de la natalidad y es también muy importante la entrada de la mujer en la actividad económica. Todo ello repercute en la capacidad de superación de la mujer que, a mediados de la década de los 70, es autosuficiente y capaz de afrontar un divorcio sin sufrir, a nivel personal, tanto como en épocas anteriores. Sin bien es cierto, como dice Cooper, que “el sufrimiento hace madurar”, estas mujeres afrontan el divorcio con más garra y fuerza, pues ya no existen los reproches sociales de rol conyugal, y la formación educativa ya no se ciñe a la estructura tradicional del matrimonio, por el cual, lo más fácil era casar a una hija con un hombre que la pudiera mantener, sin importar el afecto ni el amor.

Hemos superado la represión interiorizada que la sociedad creó en la mentalidad a la no aceptación del divorcio, y ahora, tanto hombres como mujeres, pueden afrontar una separación sin dificultades sociales. Las causas de las separaciones también han cambiado y la falta de comunicación entre los cónyuges se encuentra a la orden del día.

Veres Ojea, Elena S3C ProT   4B 1

Ríos González, José Antonio (2005). Los Ciclos Vitales De La Familia y La Pareja. Madrid: CCS.

Signatura USC: R.2072928

Pese a ser una obra dirigida a un público especializado, la mayoría estudiantes de psicología o estudiantes del sector, el autor consigue hacer de este ensayo un texto accesible para todos sin sacrificar el rigor por el estilo.

En primer lugar explica el concepto de ciclo vital a partir de la definición de Martínez de 1992: “Entendemos por <ciclo vital> de la familia el proceso de evolución esperable en una familia”. Es en ese proceso de evolución, de la emancipación del joven adulto y su vida en pareja al síndrome del nido vacío cuando los hijos marchan del hogar, donde encontramos muchas de las claves para entender qué ha fallado cuando una pareja decide poner fin a su vida en común.

En primer lugar, hay que tener en cuanto que el nacimiento, muerte o salida del hogar de un miembro de la familia siempre supone un cambio en su estructura y, por lo tanto, obliga a la los reajustes en el funcionamiento de su organigrama. Han de fijarse nuevos objetivos y esto lleva a menudo a conflictos que pueden derivar en separación. De este modo, entendemos que sea más complejo el devenir de una pareja con hijos que el de una que no los tiene (aunque una pareja sin hijos también puede vivir estos reajustes, por ejemplo, por la muerte de un familiar que afectase directamente a la relación de pareja).

Ríos explica detalladamente cada una de las etapas en el ciclo vital de las familias y parejas, con y sin hijos, así como las etapas del nuevo ciclo una vez que la pareja entra en crisis, desde la separación al cortejo hacia una nueva pareja.

En cuanto a las primeras, comenta, por ejemplo,  que formar pareja no es un punto de llegada, sino de partida, y los ciclos no son sino un ansia constante de ir de lo real a lo deseado, una aspiración latente más o menos consciente que conduce a la búsqueda de la superación, nuevas metas, deseos de progresar. Así, cuando la pareja comienza su idilio piensa en irse a vivir juntos, y cuando ya conviven, según el ciclo vital usual, buscan o tienen un hijo. El primer problema de reajuste, según señala el autor, viene precisamente en ese momento, cuando los niños aún no han ingresado en el colegio y sus necesidades constantes exigen una redefinición absoluta del funcionamiento del sistema familiar. Los miembros de la pareja, que repiten el modelo aprendido de sus padres, no coinciden a veces a la hora de tomar decisiones sobre el menor, sumado a que éste a penas les deja tiempo para el tiempo de ocio que antes disfrutaban juntos.

Cuando los cónyuges se adaptan a esta nueva situación aparecen nuevos problemas cuando los hijos son adolescentes, ya que sus necesidades varían, y cuando se produce un reajuste a esta nueva situación, los hijos se van de casa y los padres se ven solos de nuevo, desorientados porque el otro es quizás casi un desconocido, el ciclo empieza de nuevo.

Si en alguna de las etapas no consigue mantenerse el equilibrio, los reajustes no se realizan debidamente o las diferencias entre los modelos de familia importados por ambos son demasiado diferentes, se produce una crisis o <guerra marital>, que no es sino el primer paso hacia la separación.

De esto se ocupa el autor al final del último capítulo, desglosando uno por uno las etapas de esa ruptura: ese periodo de litigio inicial, el período de tregua no agresiva, la tregua como conciencia sobre lo irreversible, la deliberación (¿necesitamos terapia de pareja? ¿podemos quedar como amigos?), asunción de nuestra parte de culpa y consumar la decisión (¿nos separamos o podemos seguir juntos?), así como el final proceso de disolución de la pareja, si se diera el caso.

Todo esto, salpimentado con datos recientes, es sin duda un foco de luz sobre el siempre complicado mundo de las relaciones personales.

 Pérez Gestal, Iria S3C ProT 3B3

Ruiz Becerril, Diego (1999). Después del divorcio: los efectos de la ruptura matrimonial en España. Madrid: Siglo XXI.

Signatura USC: R.41713

Este libro pertenece a una serie de publicaciones del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) y como tal posee un carácter muy científico, propio de un ensayo. Los datos que se van presentando van acompañados casi siempre de tablas o datos, dando así una lectura densa y cortada.

En la introducción el autor nos habla sobre el divorcio y la separación y nos explica por qué los individuos que pasan por ella están sujetos al estudio sociológico. Cualquier disolución matrimonial conlleva a una serie de sentimientos y emociones: desde la frustración hasta el alivio. El estado de ánimo atraviesa varias etapas lo que afecta a la vida diaria del individuo y su relación con la comunidad.

En el primer capítulo se nos presenta al separado/divorciado como agente social y las características que posee. Son muchos los factores que inciden sobre la posibilidad o no de divorcio, como el nivel educativo, la edad, la edad de matrimonio, la categoría socioeconómica y el embarazo prematrimonial, entre otros. Es evidente que la decisión de deshacer un matrimonio no puede ser provocada por un solo de estos factores, sino por una combinación, casi siempre acumulativa cronológicamente, de varios de ellos. A grandes rasgos destacar que el espectro de edad de los cónyuges en el momento del divorcio oscila entre los 25 y 40 años. En cuanto a parejas con hijos, un 60% afirma que éstos no son un freno para tomar la decisión, es más, que muchas veces lo hacen en su beneficio, para evitarles climas de hostilidad.

El segundo capitulo nos habla de las consecuencias en la salud y el bienestar del individuo tras el divorcio, es decir, como los factores anteriormente descritos afectan a posteriori. Estadísticamente los separados y, sobre todo, los divorciados tienen mayor probabilidad de estrés, soledad, asilamiento social, pérdida de autoestima y depresión. Todos estas anomalías supondrían un obstáculo para la reinserción del agente en la comunidad. La tasa de mortalidad y de suicidio también aumentan, así como la de alcoholismo (si la media es 3´2 sube hasta un 14´98)  Aún así, la mayoría de los expertos señalan que estos indicadores de mala salud suelen ser frecuentes solo en los años siguientes al divorcio, con posibilidad de una recuperación futura.

En el resto de los capítulos, más alejados de nuestro trabajo, se habla de los efectos económicos (como la mujer está saliendo peor parada: feminización de la pobreza), los pagos de las pensiones, la guardia y custodia, los hogares monoparentales, la cohabitación posmatrimonial, las segundas nupcias y la distancia física entre padres e hijos. Todo este enjambre de conceptos no es más que las consecuencias reales y físicas (no psicológicas, como los primeros capítulos) que tiene el divorcio en nuestra sociedad ya que altera los modelos de familia y por ende, la estructura económica de un país.

Por último, el capítulo seis retoma ese matiz más introspectivo y analítico de los primeros para describir como influye en los hijos el fin de un matrimonio y el distanciamiento de sus progenitores. El concepto básico que se resalta una y otra vez es que la edad que tiene el menor en el momento del divorcio es vital para las secuelas que puede desarrollar después. Se necesita madurez y sentido común para hacer frente a este tipo de situaciones, y en ocasiones, los hijos carecen de ella por lo que no son capaces de enfrentarse a esta nueva realidad. Cuando esto sucede, el modelo familiar que ese hijo va a transmitir a lo largo de su vida va a estar dañado. Es lo que se conoce como transmisión intergeneracional de la inestabilidad matrimonial.

Como dato final, destaco que son las mujeres las que suelen iniciar los trámites de separación, pero son los hombres los que toman la riendas cuando se trata de divorcio. Aquí se habla de tiempo de facto (tiempo de convivencia) y tiempo de iure (duración legal) Concluyendo, el divorcio entraña un mundo propio en el que se entrelazan los cónyuges, los menores, la ley, la psicología y las condiciones socioeconómicas.

Rodríguez Liboreiro, Jorge S3C ProT  3B1

Posted on 18 Abril, 2012, in Sen clasificar and tagged , , , . Bookmark the permalink. Deixar un comentario.

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