Las calles del Salpicón.

Las frutas hacen parte de la esencia tropical de Colombia,  un país colorido, alegre, cálido, rumbero y lleno de sabor. Son también fuente de inspiración de poetas, cantantes y en general de artistas que en mágicos relatos resaltan la diversidad y la belleza de la flora colombiana.

Frutas como el melón y la sandía hacen parte del salpicón. Fotografía por: María Camila Gómez.

Frutas como el melón y la sandía hacen parte del salpicón. Fotografía por: María Camila Gómez.

Bogotá, su capital, es una ciudad con 7 millones de habitantes y una de las máximas muestras de diversidad cultural en América Latina. Sus calles se caracterizan por ser un contraste de colores, situaciones y espacios. A diferencia de otros lugares, aquí se destaca la contraposición de lo tradicional y lo contemporáneo, de lo rural y lo urbano.

A pesar de esta pluralidad de escenarios  que parecieran ofrecer oportunidades de progreso y estabilidad a los ciudadanos, muchos de ellos no tienen la oportunidad de acceder a un empleo. Por lo que deciden crear un negocio informal  basado en la gastronomía popular de sus ciudades de origen.  Es así como nace la cultura de la venta de fruta callejera y la tendencia cada vez más reconocida en América Latina de la venta ambulante.

En esa medida la venta de fruta, jugos y salpicón (bebida típica colombiana a base de jugo de naranja y fruta picada)  se ha convertido en un elemento esencial de la cultura urbana bogotana y ha generado la tradición de consumir alimentos a menor precio, a cortas distancias del lugar de trabajo y durante el recorrido de un lugar a otro. Este hábito se ha visto reforzado por la ausencia de lugares formales que pudiesen ofrecer fruta fresca y lista para el consumo.

Carrito de Salpicón. Fotografía por: María Camila Gómez.

Carrito de Salpicón. Fotografía por: María Camila Gómez.

Uno de los consumidores que compra fruta por lo menos tres veces al día y que ha incorporado este hábito a su rutina afirma: “Me gusta que sea fruta fresca, limpia, recién cortada, y muy variada. Uno consigue frutas típicas de diferentes regiones del país.”

En su mayoría, los compradores opinan que la venta de fruta les permite comer saludablemente a cualquier hora del día. “Casi nunca tengo tiempo para desayunar entonces aprovecho para comprar algo saludable en el camino. Afortunadamente hay vendedores ambulantes de frutas y jugos que desde muy temprano en la mañana ofrecen alimentos saludables y sabrosos. A esas horas casi todos los restaurantes están cerrados y estos vendedores son los únicos  que entienden los horarios de los trabajadores”, dijo una consumidora.

Para otros, la venta de estos productos tiene un valor añadido pues representa la cultura propia del país. “Para mí la venta de fruta en la calle hace parte del folclor de nuestro país. es imposible salir a conocer la ciudad sin que uno se encuentre con estos vendedores. A mi parecer la fruta es parte de nuestra cultura y de nuestros hábitos alimenticios” contó Javier Lozano.

El mango y la piña también hacen parte del Salpicón. Fotografía por: María Camila Gómez.

El mango y la piña también hacen parte del Salpicón. Fotografía por: María Camila Gómez.

 

A pesar de la importancia que los ciudadanos le dan a estos negocios informales, las autoridades locales parecen desconocer el peso cultural de la venta callejera de alimentos típicos colombianos. Estos crean políticas públicas para expulsar a los trabajadores de las calles con la justificación de que invaden el espacio público y generan contaminación visual.

A raíz de estas medidas , los propietarios de los negocios ambulantes se ven involucrados en constantes disputas con la fuerza pública y son despojados de sus materiales de trabajo perdiendo no sólo sus posesiones, sino sus ganancias, su tiempo y la oportunidad de cumplir con las obligaciones económicas diarias.

Este tipo de políticas públicas sumergen al país, cuya venta de frutas ambulante se hace cada vez más común: ¿Está el gobierno atentando contra la cultura? A este problema se suma una segunda pregunta y es si estos vendedores representan realmente la preservación e identidad de una cultura urbana y no un simple negocio informal.

Una de las posibles soluciones del debate, más allá de intentar eliminar esta práctica cultural, sería de implementar un sistema novedoso e incluyente en el que se pudiesen proponer alternativas a la venta informal de los alimentos, donde tanto vendedores como productos fueran reconocidos como parte del folclor y cultura gastronómica colombiana.

 

Camila Mariño.
María Camila Gómez.
Paula Niño.

Universidad del Rosario, Bogotá, Colombia.

Posted on 12 Abril, 2013, in Documentos. Bookmark the permalink. Deixar un comentario.

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