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SEMINARIO MAIOR

Decía Freud que sólo la experiencia personal y propia hace sabio al ser humano. Mi particular experiencia con los seminaristas del seminario mayor de Santiago de Compostela ha comenzado hace dos semanas. Tras un breve paso por el tema de las preferentes que no dio resultado, mis compañeros y yo estuvimos debatiendo sobre posibles comunidades con cierto interés por sus costumbres o formas de vida. Y casualmente elegimos la última que por lo normal se me vendría a la cabeza por cuestiones ideológicas o sociales, unos jovenes entregándose a la religión de por vida. ¿La razón? Por un lado, acercarse a un tema más conocido o cercano, es abordarlo con una óptica menos objetiva; y por otro, la edad de los componentes de la comundiad estudiada, la mayoría estudiantes de universidad como yo y mis compañeros, por lo que eso tenderá un puente en las observaciones.

Imaxe

Hace dos semanas asistí por primera vez a San Martín Pinario, situado a un lateral de la catedral de Santiago de Compostela, alberga en el mismo edificio la Facultad de Trabajo Social, el Instituto de Teología(ITC) y el Seminario Mayor, de los que nos interesan estos dos últimos. En estos lugares se desarrolla la mayor parte de la vida de los seminaristas, la académica y la privada. En nuestra primera visita para plantearles el proyecto hablamos con la secretaria del seminario y el director del ITC. Al contrario de lo que pensaba, ambos conversaciones fueron distendidas, extensas y coloquiales, y con tuvieron como resultado, la apertura de puertas del seminario para nuestro trabajo. En esa escasa hora que ya he pasado por San Martín Pinario, he descubierto un ambiente tranquilo y muy familiar. En el encuentro que tuvimos en el despacho del director del ITC, José Fernández Lago, uno de los seminartistas “interrumpió” para preguntarle una duda al también profesor de teología. Al parecer estos encuentros son habituales, y las tutorías se celebran sin previa cita en el despacho del maestro para resolver cualquier duda que se le pueda ocurrir al pupilo, y es que una clase de 16 personas establece un vínculo diferente al de las numerosas aulas del resto de la universidad de Santiago. Aún no hemos podido observar relaciones entre los propios seminaristas, pero las diversas actividades que tenemos programadas y las que esperamos programar espero que ayuden a afianzar los pilares de trabajo sólido.

Así comienza mi experiencia, que espero que en dos meses, se convierta en sabiduría.

Añón Gándara, Amara  1. B02