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Póker de sensación (El Gran Carnaval)

Comencemos por destacar que, como toda película sin color, la estética es siniestra en todo momento. La trama, que se despliega despacio, asume esta estética y transmite una sensación premonitoria. El protagonista, un periodista encarnado por el carismático Kirk Douglas, se deja guiar por su ambición desmesurada y no tiene reparo en mostrar su faceta más violenta.

Las primeras secuencias muestran al periodista, Chuck Tatum, incapaz de encontrar sitio a su actitud cínica e interesada. Se mueve en un entorno que asquea, y en el que para los demás es un elemento hostil y un borracho.

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El film coge ritmo cuando Tatum, oportunista y decidido, convierte la historia de un hombre atrapado en una mina en caladero para su inventiva. El derrumbe, que había sepultado vivo al regente de un pequeño emporio de Nuevo México, se magnifica sin pudor gracias a las leyendas, mitos y situaciones trágicas que el reportero va combinando.

A partir de entonces, el guión se expande para dar cabida a todos los elementos del circo mediático, el gran carnaval, que se organiza en torno a la caverna. El juego obsesivo y egoísta de nuestro protagonista evoluciona hasta dosis peligrosas de corruptibilidad, sensacionalismo y violencia en constante aumento.

El personaje de Tatum es algo así como la mezcla de dos estereotipos. Por un lado, el periodista alcoholizado, ávido de reportajes, de buena percha y que pretende llegar hasta el averno gracias a la lacónica inscripción de ‘Press’. Por  otro lado, el del periodista heredero de Pulitzer y Hearst, amarillo hasta la médula, astuto, manipulador, conspirador.

Sin duda, es un indeseable. Un periodista a la medida del guión, que mezcla lo más impopular del oficio para lograr que el anfiteatro grite muerte. ¿Tiene cabida esta figura en la información, o es un accidente periodístico?

Para empezar, no se puede negar el éxito del sensacionalismo. Valga como ejemplo Bild, el diario de mayor tirada de Europa. O The Sun. Pero no son estos los nombres que se suelen manejar; lo normal es asociar el amarillismo a News Of The Week  y otras triquiñuelas empresariales de Murdoch. ¿Es justo entender el periodismo de sensación como un término absoluto, sin gradación?

El periodismo, dentro de la legalidad, es siempre válido. No hay una verdad universal. No existe nadie con la autoridad moral para dictaminar qué es información. Es el lector el que decide la validez del método y del resultado. La emoción vende. ¿Por qué no reconocer que no hay nada más humano?

Bernárdez Pérez, Óscar 141 B04