Arquivo do blog

¿Olvidados?

Ha pasado un mes desde que la empresa mexicana Pemex anunciase que las gallegas Navantia-Ferrol y Barreras serían, finalmente, las encargadas de construir sus ya famosos floteles. ¿Alguien lo recuerda?

http://www.antena3.com/videos-online/noticias/economia/astilleros-barreras-navantia-construiran-dos-floteles-pemex_2014012900091.html

Durante meses, los medios de comunicación nos bombardeaban con información sobre   la difícil (dificilísima) situación del naval gallego: que se habían destruido ya miles de empleos, que los trabajadores del sector protestaban un día sí y otro también, que la Xunta y el Gobierno no hacían nada para ayudar a los astilleros, que el contrato con Pemex no llegaría nunca…

Las últimas noticias que tenemos de los astilleros son que Navantia-Fene no participará en la construcción de los barcos para Pemex, porque así lo ha decidido la propia compañía astillera después de anunciar lo contrario; y que el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, aseguró en el Congreso que Navantia tendrá más carga de trabajo pronto. Hoy mismo, el presidente de Navantia, José Manuel Revuelta, anunció en Ferrol el programa con el que se construirá el flotel, pero la noticia sólo ha aparecido en los medios locales.

Diario de Ferrol.

Trabajadores de Navantia-Ferrol se concentran frente a la sede de la empresa. Diario de Ferrol.

El boom parece haber pasado. Y mientras los periodistas no seguimos informando sobre lo que pasa, y más importante, sobre lo que puede pasar en los astilleros cuando se terminen los barcos de Pemex, los trabajadores sí continuan pensando en ese futuro que no es tan lejano como nos hacen creer.

GUIANCE PIÑEIRO, HENAR 142.C05

Siempre negativo, nunca positivo.

Minorías y caridad. Creo que son, de lo poco que entendí, las palabras más importantes del libro de Raquel Paiva, “Política de minorías: comunidad y ciudadanía”. Minorías suena a los olvidados, y caridad parece estar relacionada con pena. Si utilizamos el pensamiento lateral, podríamos entender como diferentes o especiales a las minorías, y asociaríamos la caridad con la solidaridad. Pero nos gusta mirar todo desde el lado negativo, nos gusta pelarnos con aquéllos que no son o no piensan como nosotros, y  no nos apetece mucho ayudarlos.

Oye, si es una minoría por algo será, ¿no? Si hablamos de personas, seguro que son raras, malas, o frikis, claro. Si eres chico y te gusta el patinaje artístico y no el fútbol eres raro, incluso se da por sentado que eres homosexual. Si eres chica y detestas arreglarte para salir… deberías haber nacido hombre. ¿Y la caridad, qué es? ¿Dejarle un vestido a tu hermana porque ninguno de los suyos le parece suficientemente bonito? ¿Invitar a un amigo a una cerveza porque se ha dejado la cartera en casa? Ah no, ya sé, las minorías son las personas que queman contenedores y rompen cristales en una manifestación; y la caridad es salir de un supermercado y darle unos céntimitos al hombre de turno que está al lado de la puerta pidiendo.

Axencia Reuters.

Agencia Reuters.

Somos hipócritas, y estúpidos. Rechazamos a los “diferentes” antes de conocerlos. Decimos que no nos va la violencia, pero dejamos que haya violencia porque nos cuesta escuchar a los que no opinan como nosotros. Y entre tanto lío nos olvidamos de la segunda palabra: la caridad. Podemos seguir pensando lateralmente para dejar a un lado nuestros estereotipos, así igual nos entenderíamos mejor en el mundo, sin juzgar a nadie antes de conocerlo. No nos damos cuenta de que cada persona es una minoría, porque no hay nadie exactamente igual a ella. Espera, no queremos que hablen de nosotros sin que nos conozcan, pero nosotros también lo hacemos. ¿Y si la clave está en entender la caridad como comprensión y en no asociar sólo características negativas a las minorías sin antes conocerlas?

Mis minorías favoritas son las tribus africanas, cada una tiene algo que la hace especial. Hace años, un profesor de música me enseñó a cantar “Jambo Bwana”, una canción que utilizan los swahilis (en Kenya) para dar la bienvenida a los extranjeros que los visitan.

Ellos, a los que vemos como raros, nos reciben cantándonos mientras nosotros los espantamos. Así nos va…

 GUIANCE PIÑEIRO, HENAR 142.C05

Soñadores.

¿Para qué queres ser periodista? Non che vai servir para nada, busca outra carreira mellor”. Durante años, mi madre intentó convencerme de que el periodismo era algo malo, una profesión que no me iba a dar una vida tranquila (buen sueldo, casa, coche, vacaciones pagadas, blablabla). Ahora que ya no puede alejarme de esa obsesión por ser periodista, le digo que algún día seré corresponsal de guerra, pero tampoco parece aceptarlo.  “Ti rapaza… a túa cabeza non vai ben. Cala a boquiña anda, e deixa de dicir parvadas”.

Mamá, como tantos otros, nunca entendió que yo no quería una vida tranquila. Yo quería ser periodista para estar en cualquier lugar en el que ocurriese “algo”. Podía ser algo bonito, algo malo, algo fascinante o algo doloroso. Podía ser una final de Champions, o un atentado suicida en Beirut, pero yo quería estar allí. ¿Por qué nadie lo entiende? Quizás porque suena a sueño, a locura, y no a realidad.

Yo creo que los periodistas somos unos soñadores. Primero, mientras estamos en la universidad, soñamos con un trabajo perfecto, sin tener que madrugar mucho, en donde el jefe nos deje escribir de forma libre e independiente. Bueno, y ya si el jefe somos nosotros mucho mejor. Después, cuando nos convertimos de verdad en periodistas (si tenemos suerte, incluso periodistas con trabajo), no sé, supongo que soñamos con cambiar todo aquello que en la facultad nos dijeron que no se podía hacer… pero que hacemos. Algo así pasa en Tinta Roja, donde Alfonso, que acaba de conseguir un puesto como becario en el periódico amarillista El Clamor, ve en su jefe a la antítesis del buen periodista; mientras que este último, Faúndez, recuerda que un día fue como su becario, y durante un momento incluso le gustaría ser como él. Pero el sensacionalismo tira, a muchos incluso les gusta, ¿a quién no le gusta escuchar un cotilleo?

En Tinta Roja David no gana a Goliat. El becario no cambia a su jefe. Alfonso acaba siendo una copia de Faúndez. En la vida real, yo, que sigo en la primera etapa del sueño, me pregunto si podré escapar de esta batalla, si podré ganarla en todo caso, o si llegará un momento en el que me traicione a mí misma y me convierta en alguien como Faúndez.

Escena de la película Tinta Roja.

Escena de la película Tinta Roja.

GUIANCE PIÑEIRO, HENAR 142.C05