Su arma eran las palabras

Leonardo no quería esa ventana porque Víctor podría ver la intimidad de su “hogareña” casa (¡incluso tendría la posibilidad de observar las bragas de su mujer colgadas a secar!). ¡Pobre arquitecto infeliz! Empleó la retórica, la dialéctica y todas las armas de argentino engatusador. Jugó a conversar para conseguir su objetivo: limitar la libertad del otro, encerrarlo en sus cuatro paredes sin un pobre raxito de sol.

Seamos sinceros, Leonardo era un cobarde. Sus palabras no hacían mella en Víctor, así que optó por la opacidad: «es que mi mujer…», «ya sabes cómo son las minas…», «a mí no me importa pero a ella…». ¡Cobarde! ¡Prejuicioso! Si Víctor fuese tan cool como tu amigo el que se sienta en el sofá moviendo la copa de vino rosso, no importaría que hubiese un ventanal  o una pasarela con acceso directo a tu casa.

A medida que pasan los minutos, podemos apreciar como Leonardo se siente más y más herido en su orgullo; al principio se creía mucho más inteligente que su vecino. De hecho, en varias ocasiones piensa que la ventana se tapiará de inmediato y, a la mañana siguiente, vuelve a despertarlo el atronador sonido del taladro. Pierde el status que mostraba con sus amigos; se puede reír de lo vulgar que es Víctor, pero no conseguirá que haga lo que le pide.

Y, al final, no hay raxito de sol. Dispararon al vecino y la ventana desapareció. Y todas las palabras y artimañas de Leonardo no sirvieron para nada.

Cid González, Xiana T2C S1G

Posted on 4 Maio, 2013, in Posts individuais and tagged . Bookmark the permalink. Deixar un comentario.

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